LÍDERES
PRD HISTÓRICO VS. PERREDEÍSTAS DE NUEVO CUÑO
Por: Patricia Báez Martínez
Es tiempo de darse las manos, de reconocer trapisondas mutuas, y pedirse perdón, por el bien del partido y del sistema de partidos dominicano que cada día ve más reducido sus actores y engrandecido el absolutismo del PLD.
Cuando se observa a quienes apoyan el liderazgo de Hipólito Mejía dentro del Partido Revolucionario Dominicano y los que lo hacen a favor de Miguel Vargas Maldonado, se nota una marcada diferencia que reside en el bagaje político, la autoridad y legitimidad.
Esto se resume, en términos prácticos, en que la mayoría del PRD histórico -de los fundadores y militantes de toda la vida de ese partido- es la que apoya a Mejía. Con escasas excepciones, a Vargas le siguen unos militantes perredeístas, en su mayoría, prácticamente desconocidos, y en un número inferior al primero.
El PRD de siempre, ése que se forjó al fragor de las luchas libertarias de los años 60 y 70, es el que acompaña al liderazgo de Mejía en el entendido de que, en los actuales momentos, es el capitán que puede dirigir ese gran barco político a puerto seguro. Asistir a una convocatoria de éste es encontrarse con el PRD, lo que no sucede cuando se acude a un llamado de Vargas. Bien podría tratarse de otro partido.
Lejos de fomentar el espíritu divisionista, entre históricos y nuevos dirigentes del PRD, nuestro objetivo es llamar la atención sobre una gran verdad: El PRD ha tomado la decisión de seguir el liderazgo de Hipólito Mejía, como en su momento también lo hizo a favor de Miguel Vargas Maldonado tras la derrota de las elecciones de 2008.
Excluyendo las elecciones presidenciales de 2004, que fueron aleccionadoras para Mejía, se podría decir que ambos dirigentes están a mano, pues fueron los candidatos presidenciales del PRD en procesos electorales -2008 y 2012- en los que a pesar de haber perdido, el partido salió fortalecido y aumentó el número de votantes a su favor, como también –pese a la derrota- mantienen un buen puñado de dirigentes a su alrededor.
Como dijimos, Vargas continuó siendo el líder del PRD tras la derrota electoral de 2008. Con la Reforma Constitucional de 2010 se rehabilitó Mejía, quien pese a los resultados del 20 de mayo aglutina a su alrededor el núcleo fuerte de la dirigencia del PRD y la mayoría de los militantes y simpatizantes de esa organización, no empleados de ayuntamientos, ni pagados, si no dirigentes cuyo único objetivo es la preservación del PRD y su esencia democrática.
Ambos líderes llevan en sus alforjas varias derrotas electorales de las que son responsables, hasta cierto punto. A Mejía le tocan las derrotas de 2004 y 2012 y a Vargas las de 2006, 2008 y 2010. Lejos de las psicopatologías y de la adulonería vernácula, ninguno de los dos tiene mayores posibilidades de ser candidato presidencial del PRD para los comicios de 2016, especialmente Vargas Maldonado, quien hoy es visto como el principal responsable de la derrota reciente. Y esto debería despejar el camino hacia la reconciliación en virtud que ninguno de los dos debería aspirar a ser candidato presidencial.
Es tiempo de darse las manos, de reconocer trapisondas mutuas, y pedirse perdón, por el bien del partido y del sistema de partidos dominicano que cada día ve más reducido sus actores y engrandecido el absolutismo del PLD.
El PRD debe darse la oportunidad de ir perfilando nuevos liderazgos, y en esto deberían ponerse de acuerdo Miguel e Hipólito. Más que un PRD histórico y un nuevo PRD, nos atrevemos a decir que existe un PRD en transición, una no tan nueva generación de dirigentes con ansias de participar activamente en política, a disposición de la cual debe colocarse la vieja dirigencia. La legitimidad que da la historia política no debe degenerar en un liderazgo obtuso, sin ojos ni oídos, que prefiera seguir siendo oposición.
Además de los retos externos, como la aprobación de la Ley de Partidos Políticos y la reforma a la Ley Electoral, el PRD tiene un reto interno que es mucho mayor, y es la renovación mesurada y sopesada de su liderazgo, tomando el cuidado de no alojar un caballo de Troya en su seno. Y ese reto también incluye que sus dos liderazgos actuales se pongan de acuerdo en que sus carreras políticas a lo externo del partido terminaron. Muerto el perro se acaba la rabia y se lleva la fiesta en paz.